No tengo una melena de ensueño, ni mi rubio es resplandeciente. Mis ojos no son azules, son marrones. No llego al metro setenta. No tengo cuerpo de modelo, de hecho, mi curva más bonita es la sonrisa.
Los chistes malos me hacen reir. Tengo las manos de papel y los pies de plomo. Lloro con películas tristes y sin embargo, cuando lo requiere la situación no cae ni una lágrima por mis mejillas. Puedo ser la más fuerte del mundo o pueden destrozarme simples palabras. No tengo miedo a decir lo que pienso aunque creo que las cosas salen todavía mucho mejor si no las compartes con nadie. Grito cuando me quedo sin argumentos. No me gustan que corrijan mis errores. Mis errores tengo que descubrirlos yo, aunque respeto cualquier opinión. Las matemáticas no son mi fuerte. Me río en los momentos más inoportunos. Visto como se antoja y no me importa eso de repetir conjunto.
Y después de esto, sinceramente, me da igual lo que opinen, piensen, digan e inventen de mí.
Me encanta mi vida. No cambiaría ninguno de los defectos que la rodean y no me importa vivir acompañada de ellos, porque algún día me enseñaron a aprender.
Aprendí a ser feliz con lo que soy, a aceptar mis complejos y a comprender que la perfección está mucho más allá de una buena delantera y trasera, francamente. Y repito, soy inmune a esos indebidos comentarios y sobre todo a esas miradas no merecidas.
Las personas más infelices con sus vidas son las que más necesitan balbucear de otras para su satisfacción.

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