Mentiras envueltas en escusas, cambios inesperados de última hora, confusiones, murmullos disimulados, últimos retoques y... Definitivamente caí en la trampa.
¿A qué niña, con 17 años a la vuelta de la esquina, no le gustaría que un viernes cualquiera al salir por la calle le cubrieran los ojos repentinamente?
Así fue: me guiaron entre cuatro, a paso ligero, apretándome el pañuelo que por más que forzaban resistía en soltarse. Me montaron en un autobús de destino desconocido y en el que se podían oír comentarios como: "¡qué alegría de juventud!".
No se lo puse nada fácil durante el camino; no hice más que quejarme y protestar, aunque realmente se podía intuir mi ilusión en cada sílaba.
Por fin llegué. Reconocí el olor a pizza en cuanto entré, pero sin duda, lo mejor fue destaparme los ojos y verlas a todas allí, sentadas como angelitos, guapísimas por cierto.
Tras un ¡sorpresa! las llené de besos, abrazos y un millón de : ¡NO PUEDE SER VERDAD!
Me mencionaron que iban a ir de fiesta después, y yo espontáneamente solté un "pasároslo bien" súper inocente.
Mi parte favorita fue descubrir que yo también iría, que a pesar de mis pintas me habían comprado un precioso vestido, seguido de unos taconazos y maquillaje.
Se convirtió en el mejor pre-cumpleaños de mi vida. Fue una noche inolvidable en la que hasta los mínimos detalles fueron especiales. Y se lo debo a ellas.
Desde aquí me gustaría agradecerles todo lo que hicieron por mi. Son las mejores amigas que se puede tener. Diferentes entre sí, pero únicas. Y aunque de vez en cuando algunas nos enfademos, siempre sabemos la manera de arreglarlo porque hemos aprendido que el cariño gana. Siempre gana.
Os quiero muchísimo a todas. Sois impresionantes.
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